Dos problemas para celebrar el día de la libertad de prensa

El 3 de mayo es el día de la libertad de prensa. El debate cada año versa sobre si tenemos algo que celebrar. Más allá de la superficial idea sobre la celebración, el recordatorio de la UNESCO sobre la importancia de la libertad de prensa nos debe servir para reflexionar cuál es el estado de la prensa en México.

La organización estadounidense Freedom House irrumpió en la escena pública afirmando que México es un país no libre, es decir, bajo su metodología no está garantizada la libertad de prensa. Esta misma calificación ha obtenido nuestro país del 2011 al 2014. Antes, del 2010 al 2002, la calificación era de parcialmente libre. La metodología empleada para llegar a esas calificaciones no está exenta de debate, pero ese no es tema de este texto. Los datos nos dicen que la libertad de prensa va en declive constante. En otras palabras, en vez de irse afianzando junto con nuestra democracia, nuestra libertad de prensa y el derecho a la información están cada vez menos aseguradas.

Cada 26.5 horas se registra una agresión contra la prensa en México. Seis de cada diez agresiones registradas son cometidos por una autoridad. Hay 78 periodistas asesinados desde el 2000 a la fecha. Y, el año más violento contra la prensa desde el 2007 fue el 2013 (primero año de Enrique Peña Nieto) en el que se registraron 330 agresiones.

La evidencia es abundante y permite una contundente conclusión: la violencia contra la prensa impide que ésta cumpla con su derecho a la información. Una prensa arrinconada, silenciada, con miedo y en total desamparo por el Estado, es la que tenemos. Esta condición sin duda beneficia actores. Sí, a aquellos actores que les molesta e incómoda tener un prensa vigorosa, fuerte, crítica, independiente y difícil.

Ahora bien, ¿si no hubiera violencia contra la prensa, tendríamos una prensa comprometida con el interés público de la información? ¿Tendríamos una prensa independiente y crítica?

La respuesta es no. Por un lado está la desinformación provocada por la violencia sistémica contra la prensa y por el otro está la independencia y profesionalismo de la prensa mexicana. Sé que generalizo, pero me parece que en este caso debe de estar permitido.

La transformación del régimen político en el año 2000 tuvo un gran ausente: los medios de comunicación. Todo mundo olvidó que los medios se quedaban huérfanos al cambiar el partido en el poder. La llamada de Bucareli a las redacciones regañando el contenido de una nota no tenía tal cabida en momentos en los que nos describíamos como una sociedad democrática. La orfandad ocasionó que los medios de comunicación, principalmente la televisión, ensanchara su poder y poco a poco se convirtiera en un actor fundamental en el sistema político, creando políticos e impulsando meteóricas carreras para llegar a los más altos cargos públicos. Así, durante doce años, nuestra prensa vivó los años de mayor libertad. Tal vez no aprovechada y con alto grado de nostalgia por el pasado.

La credibilidad no es negocio según nuestros medios de comunicación. Ser un diario independiente, que maneja los más altos estándares periodísticos, que se basa en el interés público de la información, no necesariamente te hará tener mayores lectores o audiencia. En otras palabras, no importa si eres bueno o malo (en gran medida) si estás del lado amable y con la gracia del gobierno, recibirás los contratos publicitarios y asegurarás la subsistencia. Y así es como hemos matado la credibilidad  y el buen periodismo.

Es imposible hacer buen periodismo y recibir jugosos contratos de publicidad oficial pagada con el erario. No existe un solo ejemplo que así sea. Los grandes contratos van para aquellos medios de comunicación que son amables en su línea editorial con el gobierno en turno. Lo que muchos le hemos llamado “censura sutil”, aunque en muchos casos de sutil no tiene nada. Todavía no entiendo por qué pagamos millones de dinero público para la propaganda gubernamental. Para ver en todos lados los rostros de autoridades que no hacen otra cosa que auto promocionarse. Su propaganda no sirve más que a ellos. Pero la pagan con nuestro dinero.

Dejando al lado la violencia, hoy el principal obstáculo para construir una prensa libre es la discrecionalidad en el gasto de publicidad gubernamental. Pero regular este gasto implica muchas pérdidas para los medios de comunicación que son parte fundamental de un sistema corrupto de gasto público, y, al mismo tiempo, una pérdida de control informativo de los gobiernos.

Los incipientes intentos de regulación, y las falsas promesas presidenciales, solo se pueden explicar reconociendo que con un cambio en la regulación los hoy privilegiados sufrirían gravemente, y tal vez, solo digo tal vez, tendrían que hacer periodismo para competir por una mayor audiencia.

Dos graves problemas, la violencia contra la prensa y la falta de regulación de la publicidad oficial. Si en esto estamos de acuerdo, entonces no hay nada que celebrar y hay mucho por hacer.

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